Por Jorge A. Avila.

La profusa vinculación cinéfila con protagonistas caninos, cuenta con antecedentes de singular calidad. Entre los más recientes «El Perro», una Historia Mínima del gran Carlos Sorín, «Truman» del catalán Cesc Gay y la impactante «Amores Perros» del mexicano Alejandro González Iñárritu. Por eso resulta un atrayente desafío «Siete Perros», el filme del cordobés Rodrigo Guerrero, en cartel desde el jueves pasado. Con el notable protagónico de Luis Machín, y un elenco mediterráneo que no le va en zaga, la historia está  ambientada en un edificio de la ciudad de Córdoba capital. El relato se basa en Ernesto, que vive con siete perros. Su solitaria rutina se desenvuelve en torno a las necesidades de sus mascotas, sus problemas de salud y sus limitaciones económicas. Los vecinos, en una audiencia de mediación, lo instan a sacar los animales de su vivienda, pero él no quiere separarse de sus perros y tampoco está en condiciones de afrontar una mudanza. La empatía entre personas que atraviesan soledades pero que comparten espacios comunes que las encuentran, permite que Ernesto descubra una posible alternativa. «¿Cómo un problema individual, y de responsabilidad ajena para la mayoría de los integrantes de un pequeño grupo social, puede resolverse colectivamente? Esta premisa nos permitió desarrollar una película que se construye en torno a la problemática de la mirada de los otros, concebida en un doble sentido: la mirada de los otros es aquella que nos juzga, pero también es aquella que puede solidarizarse con nosotros.

Nos parece importante, sobre todo en los tiempos que corren en donde las formas de conectarnos están atravesadas por la virtualidad y las crisis económicas marcan el rumbo del devenir social, volver a recodarnos que podemos encontrarnos y ayudarnos los unos a los otros y promover la idea de que la mejor manera de convivir la vamos a encontrar entre todos; saliendo de nosotros mismos, mirando y reconociendo al otro, apelando a la empatía y buscando soluciones creativas a los problemas colectivos», reflexiona Guerrero. La película deja ese mensaje de esperanza, y algunos interrogantes no resueltos. La lejanía familiar de Ernesto con su hija y nieto, una relación que se insinúa tensa con el cuñado en el marco de un exilio indefinido geográficamente, la distancia personal cargando con el recuerdo de su mujer muerta, y el destino de esos sentimientos depositados en una fauna que, poco a poco, se va volviendo invisible. Fugacidades y permanencias que los tiempos pandémicos parecen haber ensanchado entre los humanos, acudiendo a esos compañeros fieles que, desde la intuición, el instinto y la lealtad, nos recuerdan la precariedad de los sentimientos, pero también su vigencia insoslayable.

Anuncios

Por admin

Un comentario en «FUNCIÓN PRIVADA: LA FAUNA INVISIBLE»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *