Hace algunas semanas ya, el MALBA ha inaugurado en una de sus salas una muestra individual de una de las artistas cubanas más enigmáticas. La trayectoria de Belkis Ayón ha sido breve, pero profundamente disruptiva y visionaria, lo que la ha consagrado como una artista de culto. En los últimos años, su obra ha vuelto a ponerse en foco, en resonancia con algunos debates contemporáneos. Y es que la monumentalidad de sus trabajos, su experimentación con la técnica y su exploración a
través del mito han dado lugar a nuevos interrogantes que hacen volver la mirada hacia su obra.
Belkis Ayón nació en La Habana en 1967 y es conocida como una de las grabadoras más importantes de Cuba. A pesar de su corta carrera, ya que murió con apenas 33 años, dejó un importante legado dentro del grabado contemporáneo, debido al trabajo en
grandes dimensiones y al uso de la técnica de la colografía. Esta última, que emplea matrices con diferentes relieves, se convirtió en su sello personal. De este modo, su obra se distingue por la combinación de texturas visuales que contrastan con planos lisos de
color o tinta negra.
La muestra en cuestión reúne su última y más emblemática etapa, desarrollada a fines de los años 90 y caracterizada por el trabajo en blanco, negro y grises. Se trata de una reducida selección de obras de grandes dimensiones que giran en torno a la figura de
Sikán, personaje mítico dentro de los Abakuá. A través de esta figura femenina, que muchas veces funciona como alter ego de la propia Belkis, la artista busca indagar sobre el lugar de la mujer en el mito y en las representaciones sociales que este busca
legitimar.

El Abakuá es una sociedad secreta de herencia africana que se consolidó en Cuba a partir del tráfico de esclavos. Se trata de una hermandad conformada únicamente por hombres, cuyo mito originario gira en torno a la figura femenina de Sikán. Según el
relato oral, a Sikán se le habría revelado un misterio sagrado a través del hallazgo del pez Tanzé, que representaba la voz del dios Abasí. A causa de este encuentro, Sikán habría sido sacrificada por ser poseedora del secreto, y su muerte marcaría la creación
de una cofradía masculina dedicada a la protección del mismo. Al mismo tiempo, este relato permitiría justificar el pasaje de un orden matriarcal a uno dominado por los hombres.

De todas las religiones afrocubanas, Belkis eligió trabajar con aquella que le es vedada por su género y buscó otorgarle una visualidad. Su obra interroga el mito y el orden social, buscando dar cuenta de cómo el orden masculino se trata de una construcción artificial que se cimenta a partir del silenciamiento de la mujer. De allí la centralidad de Sikán, que se encuentra presente en todas sus obras, a partir de rostros que no tienen boca, pero que traspasan con la mirada, como un silencio que grita.
Belkis nos habla del conocimiento como poder y del silencio como castigo, algo que trasciende a la cofradía de los Abakuá. En algunas imágenes hay reminiscencias de la iconografía cristiana, propias del sincretismo de estas religiones. Esto me permite
pensar en Eva y en cómo otros mitos que atraviesan las culturas se fundan a partir del castigo hacia la mujer que sabe demasiado. Y, sin embargo, a pesar del sacrificio y del silencio, la centralidad femenina se vuelve omnipresente.
Es por esto mismo que la obra de Belkis sigue tan vigente y trasciende lo específicamente religioso, ya que habla de cómo se construyen las relaciones de poder que sostienen el orden social. Su obra sigue viva porque resuena con las luchas y las
demandas actuales de las mujeres. En un contexto en el que existe una presión por retroceder sobre el terreno conquistado por las luchas feministas, vuelve a ponerse en debate el lugar que ocupamos en el mundo, las decisiones sobre nuestros cuerpos y
nuestro acceso al poder. A la vez, hay algo que empieza a hacer ruido, que se encuentra en la matriz de todos estos mitos de origen: sin mujeres no hay humanidad posible.

