Hay funciones que se recuerdan toda la vida. Y hay otras que marcan para siempre.

Para Roxana Latronico, actriz comprometida con el teatro social y la memoria histórica, su última función interpretando a Manuela Pedraza fue una de esas experiencias imposibles de olvidar.

La escena no ocurrió en un teatro tradicional. Ocurrió dentro de una cárcel.

Allí, frente a 500 personas privadas de su libertad, el arte volvió a demostrar su poder más profundo: el de tocar el alma.

“500 presos parándose en aplausos infinitos”, relató Roxana, aún atravesada por la emoción. Una ovación sincera, de pie, cargada de respeto, sensibilidad y gratitud. Un gesto que no necesita explicación, porque habla por sí solo.

El teatro, cuando es verdadero, atraviesa cualquier muro.

Y eso fue exactamente lo que sucedió con Manuela Pedraza, obra que rescata la figura de una heroína silenciada de nuestra historia, y que en cada función despierta algo profundo en quienes la presencian.

“Lo que provoca el teatro… Dios mío, cómo no luchar para llevar a cabo una obra”, expresó la actriz, dejando en claro que el mayor premio para un artista no es el aplauso por sí mismo, sino la emoción compartida. Que alguien se vea reflejado, que se conmueva, que se permita sentir.

Latronico no es ajena a este tipo de experiencias.

Ha llevado su trabajo a cárceles femeninas y masculinas, y en todas fue recibida con el mismo amor, respeto y agradecimiento. Porque cuando el arte llega sin prejuicios, genera puentes donde antes solo había distancia.

“Manuela Pedraza mueve corazones”, afirma Roxana. Y lo hace porque su interpretación no es solo actuación: es entrega, es memoria, es humanidad.

Pero el camino no se detiene ahí.

La actriz ya se prepara para encarnar a otra figura fundamental de nuestra historia: María Magdalena Dámasa Macaya Güemes, otra heroína de la patria, otra mujer valiente que merece ser contada y recordada desde el escenario.

En tiempos difíciles, donde muchas veces se duda del valor del arte, historias como la de Roxana Latronico recuerdan algo esencial:

el teatro no solo entretiene, transforma.

Y cuando logra emocionar a quienes menos acceso tienen a la cultura, se convierte en un acto profundamente revolucionario.

Porque cuando el telón baja y los aplausos no terminan, queda claro que el teatro sigue vivo.

Y que aún tiene el poder de cambiar corazones.

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