Por Jorge A. Ávila. En su opera prima «Azor», el director suizo Andreas Fontana, se sitúa en los primeros estertores del proceso, a mediados del año 1980, cuando tras la salida del dictador Videla, comenzaron los proyectos políticos de continuismo por parte de sus sucesores, Viola y Galtieri, y el sangriento rival del ejército en la junta criminal, el almirante Massera. Cabe acotar que Fontana no tiene vínculo familiar alguno con el país. Su fluido español es herencia afectiva de una bella madre madrileña. Aunque sí podría afirmarse que lo motivó durante sus años de estudio, a conocer las historias de exiliados en el país helvético. Quizá por ello, y la atracción de conocer la Patagonia se trasladó a nuestro país, donde logró concretar este proyecto, una coproducción suiza, franco, argentina que muestra uno de los aspectos menos expuestos y más graves de la última dictadura militar: el sistemático saqueo económico. La salida de la dupla de Videla y su regente económico, Martínez de Hoz, abrió un espacio de incertidumbre entre los sectores civiles que apoyaron el golpe, sin que el inefable ministro Lorenzo Sigaut lograra aplacar a los insaciables buitres locales afirmando «el que apuesta al dólar pierde». La llegada a Buenos Aires del banquero privado suizo, Yvan de Weil (el estupendo actor belga Fabrizio Rongione) se debe a la inusitada desaparición de su socio René Keys,  afincado en el país sudamericano. Convengamos que Yvan, acompañado de su esposa Inés que personifica la eficiente Stéphanie Cleáu (ganadora del premio César a Mejor Actriz femenina en su país, Francia), es también el comienzo de una travesía interior para la pareja, que no atraviesa un buen momento de la relación. Mientras el financista trata de cumplir su complicada agenda, recorriendo lujosas veladas en sedes diplomáticas, hoteles de lujo, residencias campestres, e hipódromos del poder (magistral escena en el recién reinaugurado San Isidro con la definición del Gran Premio Carlos Pellegrini de aquel año, donde el consagrado triple coronado Telescópico cae ante Mountdrago, en su única derrota en nuestro país), Yvan comienza a ser advertido sobre las peligrosas audacias de Keys en el manejo de los negocios locales, que podrían indicar las causas de su incierto destino .De forma muy ingeniosa se percibe el mensaje feminista, que se aleja de las narraciones que se limitan a poner una capa a una mujer, o de vestirlas con traje y un fajo de billetes bajo el brazo. En el largometraje, se presentan de manera muy diferente a hombres y mujeres, en el caso de los primeros, la actitud que muestran entre ellos es la de dos animales salvajes, dominantes, alfas, que creen que controlan todo y a los que se les simboliza con el leitmotiv de un caballo, un animal poderoso y fuerte. Por su parte, el de las mujeres es el agua, un fluido que se adapta, son ellas las que mueven la trama y hacen que avance, no los hombres, aunque se les presente en primer plano. De hecho, es la esposa del protagonista, la que explica el título de la película, Azor, una palabra de un dialecto diplomático que significa estar callado, tener prudencia, exactamente lo que hacen ellas, ser astutas mientras que los hombres luchan en un plano de batalla que ha cambiado a una oficina con alcohol y tabaco. Después de una memorable escena en el Circulo de Armas porteño, donde De Weil constata la diversidad de intereses convergentes entre los poderosos usurpadores y la iglesia, la clave de un nombre bíblico (Lázaro), abre el camino de la solución para los objetivos del banquero. Trasladado a un oscuro paraje del Delta, debe corroborar los inventarios del negocio que le permitirá retornar con éxito a su tranquilo despacho de Ginebra. Esos inventarios son nada más ni nada menos que los millones de dólares que devienen de la desaparición de personas durante la dictadura. Durante la investigación de la CONADEP, que fue base del juicio a las juntas, se detectaron más de 9 mil denuncias, y contra lo que suele creerse, la mayoría no eran solo trabajadores o delegados gremiales; en gran cantidad eran miembros de clase media y media/alta, cuyos inmuebles, ahorros, automóviles, cuentas bancarias, y bienes personales fueron apropiados por el Estado. Como los nazis hicieron con los ricos y pudientes judíos, contabilizando hasta los dientes de oro, aquí se llevaban hasta encendedores, artefactos domésticos, mobiliario, que eran puestos a subasta junto a todo lo demás por los atildados banqueros para acrecentar las fortunas de los «capos» procesistas y sus amanuenses. Alfredo Martínez de Hoz, finalmente cayó por su negociado de la compañía eléctrica Ítalo-Argentina, negociada por los despreciados financistas estadounidenses, pero él y sus socios, además de los militares, nunca debieron rendir explicaciones por las fortunas robadas. Quizá porque esos bienes, al carecer de dominio por aplicación de la figura jurídica del «desaparecido», pasaban a formar parte del Estado, que como prescribía la Constitución de 1853, debía sostener el culto católico. Un cierre magistral para miles de delitos de lesa humanidad ni siquiera investigados. El guion de Fontana junto a Mariano Llinás, hermano de la más conocida Verónica, actriz de exitosa trayectoria, es recorrido impecablemente por un elenco multinacional donde sobresalen nuestros Pablo Torre, hijo del inolvidable Leopoldo Torre Nilsson y el ascendente Juan Pablo Gerreto. Sobresaliente en todos los rubros, no extraña que la película haya convocado el interés del último Festival de Berlín (Berlinale) donde fue aclamada. Con una duración de 100 minutos, se estrena (no casualmente) el 24 de marzo en los cines argentinos, y aunque deja la sensación de un puñetazo en el estómago para todos quienes vivimos (y sobrevivimos) aquella época, es de imprescindible visión.

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