Por Jorge A. Ávila. Integrante de un profuso y diverso clan artístico e intelectual, Cristian Pauls tuvo sus primeros escarceos con el cine, en los «años de plomo» de la última dictadura nacional, cuando fue ayudante de Sergio Renan, en la ópera prima del recordado director, «Sentimental». Un verdadero reverdecer del cine nacional en aquellos años oscuros, el policial basado en un cuento del gran Geno Díaz captó rápidamente la atención de crítica y público, y permanece como ícono de un cine genuinamente porteño, que refleja muchos «códigos» de aquella época, no solo a nivel de los vínculos de policías y de hampones, empresarios, poder y medios de comunicación, que no sólo siguen vigentes, sino que se han profundizado. La película se puede ver aún en la plataforma Youtube, en una copia algo deteriorada, aunque apta. El intrépido Cristian Pauls emprendió luego un extenso camino, primero como docente en numerosas instituciones y fue guionista y directpr de varios documentales premiados, además de programador de los principales festivales de documentales de la región. Ahora regresa con «El campo luminoso» relato que rehace, hoy, el viaje de la expedición sueca de Emil Haeger (1920). A partir de la ruta definida por «Tras los senderos indios del río Pilcomayo», la película realizada entonces por el contingente sueco en Formosa, se trata de poner en tensión aquel pasado con nuestro recorrido actual. Entonces, ¿qué otra mirada es posible advertir en el film de Haeger sobre una región y su población indígena considerados últimos vestigios de lo que está condenado a desaparecer?0 El propio director aventura una hipótesis al respecto: «Probablemente ningún propósito científico o económico -aunque tengan un papel determinante- logren explicar por qué motivo alguien, de pronto, se interna en lo desconocido aún a riesgo de su propia vida. O qué es lo que produce el desvelo de esos personajes por territorios desatendidos y olvidados como si eso mismo fuera, justamente, lo que los llama. Siempre me interesaron estos personajes un tanto perdidos en su propio viaje y básicamente el instante en que la exploración ya no reconoce final sino sólo un punto de partida. Un poco como las pasiones que solo se explican por sí mismas, el viaje es, en ese punto, un saber “inútil” pero que permite fantasear con un mundo a la medida de quién lo hace: se aleja de sus propósitos, “abandona” su objeto y se interna en uno nuevo inclasificable porque se va construyendo a medida que aparece con fuerza inusitada en quién lo hace. Es decir que desborda el simple movimiento de traslado y permite que los materiales que quedan de esas experiencias (en este caso la película o los diarios de la expedición) revelen una versión íntima e intransferible y que provoca una distorsión de los sentidos en su acercamiento a lo «real». En todas estas experiencias el punto de partida es una suerte de búsqueda impuesta, antes que, por una verdad o un paisaje, por una necesidad mayor e interna que empuja a los viajeros hacia un destino que los trasciende (aunque no se lo mencione o incluso no resulte claro). En el momento de la partida, la premisa puede ser de orden espiritual (una peregrinación), científica o aventurera, incluso ociosa (la figura del turista). No obstante, detrás de ese mandato siempre se esconde algo más en el viajero. Imagino que cuando se les pregunta podrían contestar: “sé bien de lo que huyo, pero no lo que busco”. El viaje sería no tanto una cuestión de distancia geográfica como mental. En su Diario de viaje a Italia, Michel de Montaigne decía que el viaje pone en juego nuestras propiedades predominantes: la inquietud y la irresolución. ¿Es posible experimentar algo parecido en la actualidad cuando estamos acostumbrados a que la industria del turismo y sus circuitos conviertan los destinos de viaje en lugares que no interpelan al viajero?. Tal vez este proyecto formoseño, al parecer tan alejado de mis propias geografías e historias cotidianas, me procure todo lo que en realidad me interesa: la posibilidad de una experiencia no solo con los hechos que intento retratar sino conmigo mismo, ese contacto que se revela cuando uno se ve reflejado de modos oscuros en realidades que parecen lejanas. Y entonces me permito adelantar una conjetura: la experiencia del contingente sueco en Formosa, proveniente de un país que no conozco y en una provincia que me es casi igualmente “desconocida”, terminará por resultarme un estímulo para acortar distancias. Mirando con asombro las imágenes del film realizado por la expedición nórdica en los 20 me dije que tal vez hubiese allí una imagen medular de otra película (todavía) inexistente sobre la historia de la ocupación de nuestro “desierto”. Y cuyas imágenes y sonidos tal vez nos permitan hablar de otro país, en el que sabemos que vivimos a partir de nuestros antepasados -¿también extranjeros? – pero del que, cada vez más, reconocemos menos». El impacto que produce advertir los contornos aún salvajes de una región condenada a desaparecer (el Gran Chaco Boreal, que compartimos con Paraguay y Bolivia, y se extendió hasta el norte de Córdoba) nos habla de una indiferencia e ignorancia que apagó un universo de pájaros y fieras, árboles y arbustos, lagunas, picadas, pueblos y sincretismo. Los pilagás, como los wichis, los macá y otras grandes tribus reducidas y masacradas, parecen recordarnos, en este filme que se estrena en la sala Gaumont el próximo jueves 4, de lo efímero de nuestro presente, y de la fortaleza de la memoria.

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