Por Raúl Sánchez, docente U.B.A. Y U.N.La M.

Hace unos días recordaba en este portal que el año que viene se cumplen por primera vez en Argentina cuarenta años ininterrumpidos de práctica democrática. Desde mayo de 1810, tuvimos más períodos con gobiernos dictatoriales o elegidos por una minoría del poder económico y social.

En la historia del país, los sectores del privilegio siempre atentaron por la fuerza y la violencia contra la convivencia democrática y el diálogo social. Y a la vez, usaban las armas para consolidar un modelo económico donde no se discuta la desigualdad social y la riqueza quede concentrada en una minoría.

Los sectores humildes y pobres, la clase media y las mujeres siempre estuvieron postergadas en sus posibilidades de progreso social; solo dos momentos históricos hubo en el país que alteraron esa injusticia: los que comprendieron los años 1945/1955 y 2003/2015.

Sin contrato social y convivencia democrática, y sin justicia social e igualdad económica, es imposible un país para todos y todas, un país con todos y todas adentro.

Ese es el debate que atraviesa el triste episodio del atentado contra la vicepresidenta de la Nación; aceptar las reglas de la democracia no termina con la conformación de un partido político y presentarse a elecciones. Implica asumir la necesidad del debate sincero, abierto, sin mentiras; no todo se compra no todo se vende ó el fin no justifica los medios, son frases que llevan a entender que el diálogo y satisfacer necesidades económicas y sociales son deberes ineludibles del pacto democrático.

La hora exige asumir estas responsabilidades y despojar ambiciones personalistas y sectarias para trabajar por el bien común. La razón por encima de la fuerza, las ideas por encima de la violencia, el amor por encima del odio. La vida, lo más apreciado por el ser humano, por encima de la muerte.

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