Por Jorge A.Avila
Educación y adolescencia, han sido cuestiones centrales de las que se ha ocupado con más frecuencia el cine y la literatura, que nuestros gobernantes. Desde la inolvidable «Juvenilla» de Miguel Cané, pasando por «Sin Rumbo» de Eugenio de Cambaceres, hasta las innumerables secuelas y parodias que forjaron decenas de actores y directores durante décadas. Quizá porque la temática se ha tornado álgida en los últimos años, hacia tiempo que el cine nacional no alumbraba una historia de alto realismo y calidad como «El Suplente», filme que está desde hace pocos días en la cartelera porteña. Lucio, interpelado con gran convicción por Juan Minujin, es un profesor de Letras de la Universidad de Buenos Aires, comienza a enseñar literatura en una escuela secundaria ubicada en una zona periférica del suburbano y rápidamente se ve envuelto en los conflictos de los estudiantes.
El suplente deberá apelar a todo su ingenio para sacar adelante sus clases y al mismo tiempo tendrá que cruzar sus propios límites y prejuicios para intentar salvar a Dilan, su alumno favorito, quien es perseguido por un grupo narco del barrio en busca de venganza. A diferencia de las recurrentes visiones costumbristas y anacrónicas en muchos casos, no se trata de copiar el Bronx, ni a Sidney Potier en la recordada «Al maestro con cariño» sino de un retrato de época, puro y duro, filmado en el sur de Avellaneda, el Dock Sud y la isla Maciel. Aunque los escenarios podrían repetirse en varios barrios porteños como Villa Lugano, Colegiales, Soldati, o en otras zonas del degradado territorio bonaerense, como San Martin, Villa Adelina o el desgarrado mapa provincial donde crece el analfabetismo y la deserción, de aulas y valores. Secundado por el gran actor chileno Alfredo Castro y el ajustado acompañamiento femenino de Rita Cortese, Bárbara Lennie, Maria Merlino y la laureada Renata Lerman (premiada en el festival de San Sebastián), además de la revelación de Lucas Arrua, la historia alcanza picos de tensión y mantiene la expectativa hasta su desenlace, que permite variadas reflexiones. Lerman, con 20 años de trayectoria en su haber, señala: «La íbamos a filmar antes de la pandemia. El proyecto arrancó en 2017, tras el estreno de una especie de familia. En aquel momento, Juan Vera, de Patagonik, me propuso trabajar juntos la historia de un maestro en el conurbano bonaerense. El ya había arrancado con una investigación previa y la idea me interesó bastante. El proyecto y la forma de trabajo fueron mutando de manera constante durante todos esos años. Escribí con Juan, luego solo, después con María Meira, con Luciana De Mello y finalmente, cuando Patagonik se retiró, la terminamos produciendo desde nuestra compañía Campo Cine con muchos aportes desde el exterior. Tanto el trabajo de campo como el proceso de escritura fue muy enriquecedor. Es una línea que ya vengo desarrollando en las películas anteriores. El desafío es desde dónde contar las historias, ir encontrándoles un lugar personal. Siempre ingreso a una película a partir de un tema o un universo que me convoque para luego ir pensando y construyendo la historia. Así fue con la mirada invisible, que provenía de una novela de Martín Kohan; Refugiado, que surgió a partir de una situación que se vivió en nuestra productora; o Una especie de familia, a través de un relato de una amiga sobre el tema de la adopción que nos llevó a una larga investigación. La diferencia principal es que desde la producción era un proyecto más ambicioso que los anteriores. Y lo que cambió todo, claro, fue la pandemia. Justo cuando estábamos por iniciar la preproducción tuvimos que frenar y replantear todo. De hecho, la pandemia me sirvió para escribir mucho y repensar un poco también esta película. Lo que pasó con la educación en la pandemia indudablemente me afectó también e hizo que se resignificara la idea de trabajar sobre un docente. Yo no me manejo con ideas cerradas, con estructuras inamovibles, todo está en permanente mutación y maduración, incluso hasta en la etapa de montaje.Fue complicado por las condiciones generales, por los costos adicionales de los protocolos sanitarios y porque era muy difícil que alguien te firmara o te confirmara algo. Terminamos filmando en dos colegios, uno en Parque Patricios y otro en Lugano, pero costó mucho. De este último tomamos la fachada y algunos lugares, pero los interiores -por cuestiones de permisos- fueron en CABA. El scouting fue eterno. Siempre faltaba una aprobación, una firma, y volvíamos a cero». El resultado es un filme altamente recomendable, que nos recuerda la «Juegos «, el texto de Juan Gelman: «Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos, / esta dicha de andar tan infelices/ Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente, /esta pureza en que ando por impuro/ Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,/ esta esperanza que come panes desesperados./ Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte»..



Como siempre muy buena descripción de un film que parece muy interesante y actual