Por Jorge A. Avila. Podría decirse que lo que ocurre en el interior de las prisiones, ya se ha transformado en un género cinematográfico para los espectadores argentinos. Las diferentes ficciones, algunas de gran calidad como «El Marginal» de la factoría del clan Ortega o aquella iniciática «Tumberos» de Adrián Israel Caetano, cuando el director uruguayo irrumpió en nuestra teve en 2002, hay una larga serie de títulos que abordan desde diferentes ángulos la temática carcelaria. El más reciente e innovador, es «Rancho», el documental presentado por el joven director Pedro Speroni, que llegará a las salas el próximo jueves 2 de junio, con un dilatado y exitoso recorrido por festivales autóctonos e internacionales. «Rancho», título que alude al término que usan los reclusos para armar sus grupos dentro de los pabellones de las unidades penales para compartir el encierro, fue seleccionado en el Berlinale Talents, tuvo su estreno oficial en el BAFICI 2021 –obtuvo el premio a mejor opera prima- fue seleccionada en
Sheffield Doc/Fest competencia internacional, en el festival de Guadalajara, y en festival de Valladolid, entre otros. El método de Speroni fue convivir (en idénticas condiciones), con un grupo de internos en el Penal de Máxima Seguridad de la ciudad de Dolores, en la provincia de Buenos Aires, considerado uno de los más riesgosos del país. ¿ Cuáles fueron las motivaciones de su iniciativa’. Dejemos que el propio Pedro Speroni lo explique.» A mis 10 años todo parecía estar bien. Mi abuelo materno era embajador en el Vaticano, tres hermanos de mi madre manejaban un banco importante, mi padre era socio en un estudio jurídico. A finales de ese mismo año comenzó la decadencia familiar o, ahora que pienso, tal vez todo ya estaba derrumbado. Primero mis tíos cayeron presos por el delito de estafa, uno de ellos se fugó. Mi abuelo abandonó la Santa Sede. Mi padre tuvo que dejar el estudio. Lo que yo había creído como identidad familiar, ya no estaba más. Problemas familiares, problemas entre mis padres, mi apellido materno en todos los diarios asociado a “estafa”. Un buen día mi tío prófugo de la justicia apareció en mi casa. Era de noche. Durante más de un mes compartimos cuarto. Hasta que un día tuvo que irse. A los pocos días volvió a caer preso. Fui a visitarlo varias veces al penal. Me llevaba mi madre, nos encontrábamos en el salón de visitas. Recuerdo la requisa y los varios pasillos que había que atravesar para llegar hasta donde estaba. Varias de esas escenas quedaron grabadas en mi memoria. Años más tarde surgió la posibilidad de volver a entrar a una cárcel. Y los sentimientos que había tenido cuando iba a visitar a mi tío volvieron a surgir, aunque esta vez con más ímpetu. Comencé a ir a la cárcel casi todos los días. Se llegó a generar una intimidad muy fuerte con los presos. Y casi sin quererlo fue tomando forma este documental». La obra, es un hallazgo de historias personales, que reflejan las circunstancias que llevan a la violencia y la vida delictiva como destino inexorable, al tiempo que interpela a la sociedad sobre los permanentes reclamos de seguridad, y el castigo infrahumano de mujeres y hombres sin segundas oportunidades, sin posibilidades de reinserción, con el estigma a cuestas por el resto de sus vidas, como lo reflejan las películas y documentales, no solo de nuestro país, sino del resto del mundo. Speroni busca entre esas vidas deshilachadas, un sino de reivindicación de la naturaleza humana. Quizá para un público tan preocupado por sus celulares o los dólares guardados, sea oportuno conocer el otro lado del muro. No se trata solo de la libertad, sino de entender cómo funcionan los modelos de discurso, verdad y poder en nuestras sociedades. En el capítulo «Disciplina» del ensayo Vigilar y Castigar, el pensador francés Michael Foucault sostiene que, en los comienzos del siglo XIX, desaparece el gran espectáculo de la pena física y se entra en la era de la sobriedad punitiva. En cuanto a la acción sobre el cuerpo, no se encuentra suprimida por completo a mediados del siglo XIX. La pena ha dejado de estar centrada en el suplicio como técnica de sufrimiento: ha tomado como objeto principal la pérdida de un bien, de un derecho. El cuerpo ya no es el objeto de penalidad, sino el alma. El cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y sometido. Existe una tecnología política del cuerpo que es en cierto modo una microfísica del poder. No es posible localizarla ni en un tipo definido de institución, ni en un aparato estatal. Éstos recurren a ella.

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Un comentario en «FUNCIÓN PRIVADA: INTRAMUROS»

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