Por Jorge A. Avila. La bella película de Jim Jarmusch que protagonizaba Bill Murray, cuenta con un título que alude también a la cruel realidad no sólo del mundo cinematográfico, sino de la vida cotidiana. La violencia contra las mujeres puede advertirse claramente en estos días donde los grandes estudios apuntan a la temporada de mayor recaudación, con tanques como el remake de «Top Gun» o ls variadas recreaciones del mundo jurásico o fantasías de la matriz dysneiana. A Kelly McGuillis, coprotagonista de la película original del eximio aviador Maverick, se la excluyo pese a su pedido de integrar el elenco. Las motivaciones se basaron en su aspecto físico actual, situación que no contemplo el menguado rol de Val Kilmer, La glamorosa Kathleen Turner de los 90, afectada por el mismo mal de Kilmer (diabetes deformante), se le niegan hasta doblajes en las principales producciones de Hollywood. La lista podría extenderse hasta el infinito, en un ámbito que a diferencia de otras factorías cinéfilas guardan para las grandes estrellas y las actrices mayores, oportunidades de continuar en nuevos roles y en proyectos de primera línea. No sólo de violencia física esta construido el terrible daño del prejuicio machista que deriva muchas veces en decisiones fatales. En estos días, pudimos asistir a la renovada y mítica Sala Lugones, donde se continúa con el sano habito de ciclos retrospectivos, con una revisión del cine francés como homenaje a «le jour de glorie» que se avecina (el 14 es el aniversario de la Revolución) que se inauguró con una de las mejores producciones de la historia del cine: «El salario del miedo» de Henri Georges Clouzot. Fue para la función privada de «Manto de gemas», un filme que dirige Natalia López Gallardo (laureada cineasta mexicano-boliviana que resulta una exploración visualmente impresionante, cuidadosa e inquietante del impacto de la violencia masculina en la vida de tres mujeres. En medio de un divorcio brutal y silencioso, Isabel se refugia con sus dos hijos en la casa de su familia en las afueras del DF. Ni bien llegan, descubren que la hermana de María, la ayudante en la casa, ha desaparecido. Desgarrada por la necesidad de ayudar, Isabel se une a María en una búsqueda desesperada y se adentra en un mundo incómodo y hostil que no es el suyo. Mientras tanto, la comandante de policía a cargo de la investigación, Roberta, intenta alejar a su hijo de los carteles que lo reclutan. A medida que se acaba el tiempo, las tres mujeres emprenden un camino de dolor y transformación. El reflejo de esa cotidiana tragedia, es observado por la directora con una visión más amplia. «He vivido en el campo mexicano durante una década y media y he sido testigo del progresivo colapso del tejido social. Tengo dos hijos y me imagino, medio soñando, a través de la niebla, la vida cotidiana de los padres con hijos asesinados o desaparecidos, lo cual es suficiente para traerme la más oscura de las tristezas. Pasé un año en el proceso de casting hablando con gente del pueblo donde vivo. Conocí a una familia que, en el pasado, había secuestrado a un hombre y lo mantuvo en su propia casa. Mientras tanto, el padre se dedicaba a su trabajo como taxista y amaba a sus hijos. Los niños seguían yendo a la escuela, su madre trabajaba duro en casa… la vida continuaba. Uno de los chicos, de 16 años, coqueteaba con el mundo criminal. Pero también le gustaba bailar y ayudaba a su madre en cada tarea. La familia era generosa con sus vecinos, jugaba fútbol con la comunidad y asistía a fiestas. La bondad de corazón parecía ser su cualidad central. Necesitaban más dinero, me dijeron. México es como un Dios con muchas caras y la misma cantidad de contradicciones. Esta película trata sobre lo que llevamos dentro después de años y años de acumular, en nuestra mente y en nuestros sueños, infinitas imágenes de tortura. Mapas de fosas clandestinas, rostros de desaparecidos, homicidios de hombres y mujeres por igual. Mi deseo es reflejar esta herida espiritual y su dimensión psicológica, que no se ve. Veo esta película como un collage que revela un universo de personajes que, sin saberlo, contribuyen, como víctimas o perpetradores activos, a este ciclo de villanía. Esto está arraigado en su dinámica social, una parte de su realidad diaria. Las tres protagonistas femeninas manifiestan esta acumulación inconsciente de impotencia, miedo o culpa. Vienen de universos diferentes, pero sus caminos están unidos por una mujer desaparecida». Para quienes crean que este retrato aplica sólo a América latina, ambientes rurales, pauperizados y corrompidos, cabe recordar cuanto influyó en el recientemente fallecido Jean-Louis Trintingnant. la terrible muerte de su hija Marie, con el cráneo destrozado por su pareja, el cantante Bertrand Cantat, en Vilna (capital de Lituania) donde lo acompañaba en una gira de su grupo Desiré Noir. El hecho ocurrió en 1 de agosto de 2003, y desde entonces la vida del astro francés se transformó. Cuando visitó Buenos Aires en 2010, tuve la oportunidad de entrevistarlo en la sede de la Alianza Francesa, cuando dio una serie de recitales con textos de tres poetas, Boris Vian, Robert Desnos y Jacques Prevert, acompañado por un bandoneón. Con su dolor todavía ardiendo me explicó que «a Cantat le habían dado 15 años de prisión por homicidio no intencional. ¿Usted comprende la desproporción entre la pena y mi pérdida?». Aquel hombre esmirriado reflejaba más al juez cojo de Rouge, una de sus últimas apariciones rutilantes en el cine, que al galán de Un Hombre y una Mujer- Me contó una confidencia. «Me había lastimado la rodilla poco antes de iniciar el rodaje, y al maestro Krystof Kieslowsky, le pareció que era muy apropiado para mi rol, asi que no me dejó recuperar. Usé bastón», afirmó esbozando una sonrisa cómplice. «Pocos lo saben. Fue un buen recurso», concluyó entre nuevas y más amplias sonrisas. Aquella imagen cálida, pero a la vez frágil y cansada fue el último recuerdo que guardo de aquél encuentro maravilloso. A Cantat lo liberaron en 2018, y rápidamente volvió al escenario, en apoyo a buenas causas (la defensa de las ballenas, la paz mundial etcétera) tratando de recuperar su perfil de «cantante progre», sin lograrlo. Escrachado en cada aparición, se fue diluyendo en giras intrascendentes por Europa. El querido recuerdo de Marie sigue vigente. Je suis desolé.

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