Por Jorge A. Ávila. Poder y gloria, orgullo y prejuicio, sensatez y sentimientos, la llegada a la cima de las mujeres más influyentes del siglo XX ha motivado un cúmulo de aspectos que podrían confundirse con un recorrido de títulos cinematográficos. Desde Eva Perón hasta Jiang Quing, la esposa de Mao Zedong, esta circunstancia genera cierta mimetización que se traslada a partir de las variadas revisiones fílmicas de las damas empoderadas. Tal hecho no es ajeno a la vigencia de la trascendencia de Diana Spencer, Princesa de Gales, cuya existencia es revistada ahora en el documental «Lady Di» de Ed Perkins, en cartel desde el el 1º de septiembre. La historia del matrimonio de Diana y Carlos, los Príncipes de Gales, está bien documentada. La conflictiva relación que siguió a su noviazgo y boda públicos, aparentemente de cuento de hadas, el nacimiento los herederos al trono, y la trágica y prematura muerte de Diana, el 31 de agosto de 1997, fueron expuestos durante casi dos décadas y ocuparon los titulares de los espacios de noticias casi a diario. «Lady Di» pretende replantear esta historia mediante un enfoque totalmente inmersivo, recurriendo únicamente a material de archivo contemporáneo de audio y vídeo para trasladar al público a estos acontecimientos determinantes de la época, tal y como sucedieron, y al hacerlo permite que la narración se desarrolle como si fuera en el presente. Este documental ofrece un relato de la historia de Diana y de la respuesta del público a la misma. La película es tanto un reconocimiento de los hechos como una inmersión visceral en la vida de Diana en el constante, abrumador y a menudo intrusivo brillo de los medios de comunicación. El largometraje también ofrece un reflejo de la sociedad de la época. El público ve cómo la abrumadora adoración, pero también el intenso escrutinio de cada movimiento de Diana y el constante juicio sobre su carácter, revelan las propias preocupaciones, miedos, aspiraciones y deseos del público. La trágica muerte de la princesa Diana, causada en parte por una persecución a gran velocidad por parte de los «paparazzi», fue un momento de inflexión tanto para el público como para la maquinaria mediática que alimenta. Pero después de 25 años desde la muerte de la princesa, seguimos reflexionando sobre los continuos escándalos relacionados con la realeza británica y nos preguntamos si realmente ha cambiado algo después de todos est tiempo. Para el director con nombre de mayordomo: «La vida y la muerte de Diana Frances Spencer es una de las historias que definen nuestro tiempo. Lo tiene todo. Amor. Poder. Traición. Venganza. Destrucción del corazón. Tragedia. Era un cuento de hadas moderno que no tiene final feliz.  Fue un drama que llegó a ser casi mítico en sus cualidades. En parte por estas razones, llevaba mucho tiempo queriendo llevar esta historia a la pantalla y encontrar una forma de abordarla que resultara fresca y distintiva, de reformularla para un público moderno. Pero la otra razón es más personal.  Tenía 11 años cuando Diana murió trágicamente en el verano de 1997. Recuerdo que la gente que me rodeaba -los adultos- se vieron envueltos en una ola de conmoción nacional y dolor compartido, como nunca se había visto antes ni después. Era casi como si hubieran perdido a un miembro de su propia familia, a pesar de que la gran mayoría no había conocido a Diana y sólo la había conocido a través de los medios de comunicación. Recuerdo que me dejó confundido. ¿Qué conexión tenía el mundo con esta persona? ¿Por qué les importaba tanto? Los acontecimientos de aquellos días después de su muerte -y la respuesta pública a la misma- pueden estar más allá de la simple comprensión o explicación. Pero hace tiempo que siento que tal vez una película que intente contar la historia de Diana sin la habitual y trillada discusión y análisis retrospectivo podría ofrecer algo nuevo a la conversación que seguimos teniendo sobre ella tantos años después. Quería hacer algo más envolvente y no mediado, construido únicamente a partir de archivos contemporáneos de la época, las mismas imágenes por las que la gente «conocía» a Diana. Sin entrevistas. Nada de reflexiones retrospectivas. Mi esperanza era que, al hacerlo, pudiéramos llegar a algo más profundo, con mayor claridad emocional y honestidad sobre aquellos acontecimientos y el extraño poder que tuvieron, y siguen teniendo, en tantas personas.
Soy muy consciente de que estamos lejos de ser la primera película que se hace sobre Diana. De hecho, hay pocas historias en el mundo que hayan sido tratadas tan ampliamente en los distintos géneros narrativos como ésta. Creo que muchos de los relatos realizados hasta la fecha se han centrado conscientemente en el interior. Han tratado de meterse en la cabeza de Diana, de entender su psicología, de analizar la ruptura de su matrimonio. Y aunque todo esto es sin duda interesante, hay algo inevitablemente especulativo en ese enfoque.  Lo que me resulta más interesante -y que, en mi opinión, sigue sin tener respuesta- es lo que la historia de Diana dice de todos nosotros. Y por eso la intención aquí es utilizar la forma de archivo para volver a dirigir la cámara hacia todos nosotros y, plantear algunas preguntas más importantes sobre nosotros mismos. Sobre nuestra relación con la monarquía. Nuestra relación con las celebridades. Y, en última instancia, nuestra complicidad en esta historia.
También quería retomar el diálogo y el debate nacional en torno a Diana en aquella época, algo que creo que hemos olvidado con demasiada facilidad. La propia Diana era una figura compleja y paradójica. En mi opinión, era una de las cosas que la gente encontraba tan fascinante y magnética en ella. Y, sin embargo, esta complejidad es a menudo eliminada en la narración mitológica de su historia. A lo largo de su corta vida, se convirtió en el centro de un debate nacional sobre el lugar que ocupa la monarquía británica en la sociedad moderna, sobre las clases sociales y sobre la propia sociedad y el trato que reciben los más vulnerables. Algunos afirman que Diana utilizó y explotó a los medios de comunicación tanto como éstos la utilizaron a ella, y su historia ha enmarcado un debate que todavía hace estragos en todo el mundo, sobre la privacidad y la cultura de la celebridad que rodea a las figuras públicas. Así pues, en el 25º aniversario del trágico accidente de coche en París que convirtió a Diana en una figura casi mítica, creo que esta vieja y arquetípica historia tiene quizás más que decir ahora que nunca.  Mi esperanza es que al revisarla de esta manera -y al permitir que la historia se desarrolle para el público como si fuera en el presente- la gente podrá experimentarla de nuevo y verla tanto por lo que fue como por lo que es ahora», afirma Perkins. El filme cuenta con el aval de los productores Simon y Jonathan Chinn, que se consagraron con la ganadora del Oscar, «Searching for the Sugar Man», una extraordinaria labor, que puede encontrarse en varias plataformas de streaming, y es muy recomendable volver a ver. Asimismo, resulta claro que el trasfondo de aquella «telenovela» inglesa que contó con absoluta anuencia de sus protagonistas, tuvo como objetivo desviar la atención de una sociedad castigada por los gobiernos conservadores y laborista de Thatcher, Major y Blair que provocaron la mayor huelga de la historia británica por el cierre de minas de carbón, la tasa de desocupación histórica mas alta de las islas, y guerras de ultramar, como Malvinas. Es interesante que todavía hoy en el Reino Unido, persista la voluntad de tratar de explicar esta formidable maniobra de distracción colectiva, destinada a desviar los legítimos reclamos de la sociedad, que aún siguen sin respuesta.

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